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(nació en Cuba, reside en España)
LA CUMBRE DE PRAGA Y LA LIBERTAD DE CUBA
Hace algo más de un año la fundación checa People in Need creó el "Comité
Internacional para la Democracia en Cuba". A la cabeza de esa nueva
institución, con su característico instinto solidario, se colocó el ex
presidente Vaclav Havel, y junto a él no faltaron a otros prestigiosos ex
gobernantes como Arpad Goncz, José María Aznar, Mart Laar, Luis Alberto
Lacalle, Philip Dimitrov, Patricio Aylwin, Kim Campbell, Luis Alberto Monge
y Violeta Chamorro, ex presidentes y ex premiers de sus respectivos países.
También se sumaron algunos escritores muy notables, y, entre ellos, el
peruano Mario Vargas Llosa, el argentino Marcos Aguinis, el mexicano Enrique
Krauze, el polaco Adam Michnik y el francés André Glusksmann.
Ese Comité ya está dando unos frutos impresionantes. Bajo sus auspicios,
convocada por D. Petr Pithart, presidente del Senado de la República Checa,
y por D. Cyril Svoboda, Ministro de Relaciones Exteriores, entre el 17 y el
19 de septiembre habrá en Praga una verdadera "Cumbre" titulada "Hacia la
democracia en Cuba". Se trata de la reunión política internacional más
importante que jamás ha tenido lugar para discutir los asuntos cubanos desde
que se estableció la dictadura en la Isla hace ya casi medio siglo.
Magnífico. Cuba es la asignatura pendiente de Occidente. A partir de 1989,
cuando cayó el Muro de Berlín y los checos lanzaron su "revolución de
terciopelo", los gobiernos comunistas de Europa fueron desapareciendo uno
tras otro. Incluso los sandinistas nicaragüenses "prácticamente un
protectorado de La Habana", fueron liquidados en 1990 en unas memorables
elecciones forzadas por el fin del apoyo soviético y las presiones
internacionales de las democracias.
Sólo quedó en pie la dictadura cubana. ¿Por qué? La explicación que les
gusta dar a Fidel Castro y a sus simpatizantes es que la cubana había sido
una revolución entronizada sin la ayuda de Moscú, en la que se mezclaban el
nacionalismo y el marxismo leninismo, trenzados en torno a un carismático
"Máximo Líder", proceso político que todavía conservaba un gran fervor
popular.
Pero la verdad es muy diferente y mucho menos benigna: la razón que explica
la duración del comunismo cubano hay que buscarla en la inescrupulosa y
brutal eficiencia del aparato represivo, tal y como sucede en Corea del
Norte. En en el verano de 1989, pocos meses antes de la caída del Muro de
Berlín, pretextando unos oscuros vínculos con el tráfico de drogas, Castro
se ocupó de fusilar a su mejor general, Arnaldo Ochoa, y a su más próximo
agente de inteligencia, el coronel Antonio de la Guardia, porque los sabía
partidarios de la perestroika, desencantados con el sistema y fatigados con
su viejo y fallido liderazgo que entonces ya había cumplido tres décadas.
Fueron unos fusilamientos "ejemplares". Un escarmiento dentro de las filas
del gobierno para hacerle saber a toda la nomenklatura civil y militar que
cualquier desviación de la ortodoxia, o cualquier manifestación de
inconformidad y desobediencia serían pagadas con la vida. Simultáneamente,
arreció la persecución a los demócratas de la oposición y el Comandante, en
el tono más feroz que le permite su amplio registro histriónico, varias
veces manifestó públicamente los fundamentos de su estrategia política tras
la desaparición del bloque del Este en Europa: "primero se hundirá la Isla
en el mar antes de que abandonemos el marxismo-leninismo". Cuba seguiría
siendo comunista hasta el fin de los tiempos, aunque todos los cubanos
tuvieran que morir en el sostenimiento de una causa tan absurda.
Naturalmente, todo el mundo sabe que eso es imposible. Cuba no puede seguir
siendo indefinidamente una anacrónica excepción comunista situada en el
corazón de Occidente. Lo probable, pues, es que la situación comience a
cambiar cuando el dictador Fidel Castro - un anciano enfermo de 78 años -
desaparezca de la escena como consecuencia de la muerte o del creciente
deterioro de sus ya mermadas facultades mentales.
Esta afirmación va más allá de una simple conjetura: son muy perceptibles
los síntomas de que dentro de las propias filas del gobierno existe una
extensa corriente reformista, hoy sumisa, aterrorizada y callada, a la
espera de poder manifestarse tras la desaparición del dictador omnipotente,
como sucedió en China tras la muerte de Mao o, incluso, como ocurrió en
España tras el entierro de Franco. Eventualmente, esa vertiente reformista y
los más responsables disidentes de la oposición, dentro y fuera de Cuba,
forjarán una suerte de acuerdo nacional para propiciar por vías pacíficas y
sin represalias la transición hacia una democracia en la que se respeten las
libertades fundamentales. Una democracia, además, capaz de desarrollar un
modelo económico que ponga fin a la miseria, el racionamiento y la total
falta de esperanzas provocados por el estalinismo castrista.
Por eso es fundamental el apoyo internacional a los demócratas cubanos. El
mensaje que esta Cumbre de Praga transmitirá hacia la Isla tendrá un peso
incalculable en el curso de la historia futura de Cuba: "Ustedes no están
solos en su lucha. El mundo libre no acepta la perversa idea de que el
comunismo impuesto a los cubanos es una permanente forma de opresión. No
admitiremos una transmisión de la autoridad sin cambios. Sólo aceptaremos
como válido y legítimo un gobierno cubano que realmente exprese la voluntad
soberana del pueblo mediante unas elecciones plurales y libres realizadas en
medio de un clima de libertades y respeto por los derechos humanos".
Cuando la libertad, finalmente, llegue a Cuba, nadie tendrá duda: el impulso
final vino de Praga.
Este texto fue enviado por el autor a todos los medios de comunicación checos.
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