Emisión de la Radiodifusión Checa para el Exterior 
22-7-2019, 01:45 UTC
CUMBRE INTERNACIONAL DEL COMITÉ PARA LA DEMOCRACIA EN CUBA
 
Marcos Aguinis
(Argentina)

Marcos Aguinis La clamorosa recepción que se brindó a Fidel Castro durante su visita a la Argentina merece un análisis entusiasta. En el Congreso recibió la ovación más intensa por los mismos lúcidos legisladores que tiempo atrás aplaudieron el default, fue honrado por el Gobierno de la Ciudad (cuyo titular estaba en campaña reeleccionista), fue invitado a dar una conferencia en la Facultad de Derecho, fue seguido afanosamente por la prensa, fue recibido por el flamante Presidente en la audiencia más larga y fue celebrado por una concentración popular que bloqueó todo el centro de Buenos Aires. No cabe duda de que una significativa franja de la sociedad lo ama y admira.

Esto coincide con lo que hace poco decidió el gobierno de Duhalde y ahora el de Kirshner: abstenerse en las Naciones Unidas respecto a la necesidad de investigar la violación de los derechos humanos en la isla. Recordemos que no se trataba de condenar al gobierno de Castro, sino sólo investigar qué sucede allí. Luego de infinitas denuncias que llegaron al colmo con el fusilamiento de tres personas jóvenes tras su intento de huir del país, y el encarcelamiento de decenas de disidentes, entre ellos un cuarto centenar de periodistas, era obvio que correspondía hacer una averiguación, por lo menos.

Al gobierno argentino no le pareció necesaria y olvidó que hace apenas veinte años nuestra sociedad clamaba por lo mismo. En esa época necesitábamos que viniesen comisiones investigadoras, como ahora las piden los cubanos perseguidos y amordazados. Rogábamos que llegasen en tropel: de la OEA, de las Naciones Unidas, de países europeos, de los Estados Unidos. Pero los argentinos somos incoherentes e inestables, ¡qué le vamos a hacer!

Pese a la dictaduras padecidas, amamos a un dictador. Somos así.

Claro, es un dictador que se dice socialista, cuyas picanas hacen cosquillas y cuyos fusilamientos mejoran la calidad de vida. Nada de lo horrible que él haga importa. Las denuncias sobre violaciones de los derechos humanos en Cuba son un invento de la CIA. Castro es un ídolo, una leyenda, el emblema del heroísmo y la noble lucha contra el imperialismo. Todo lo que hace está bien. Y si algo no gusta, no es su responsabilidad.

Pregunto: si tanto se lo admira, ¿por qué no seguir su modelo? Se supone que debe ser maravilloso. ¿Para qué imitar a Nueva Zelanda, Bélgica, Suecia, España, Canadá - países complicados, modernos -, si el modelo de Castro es más simple, movilizador y atractivo?

La Facultad de Derecho - según voceros entusiastas - se convirtió en la Plaza de la Revolución. Castro pronunció uno de sus discursos más breves, de apenas dos horas y media. Sabía que los argentinos aún no estamos entrenados para escucharlo durante ocho o más horas, como se hace en La Habana. Pero consiguió hacer delirar a las masas con sus anécdotas y proclamas seductoras. Es un buen remedio contra la tristeza y el desencanto.

El modelo de Fidel nos daría otras ventajas, supongo.

Por ejemplo, no habría debates estériles sobre las acciones del gobierno. Las críticas deberán desaparecer y, con eso, todos empujaríamos en la misma dirección. No habría que gastar neuronas ni saliva sobre los problemas de la sociedad, porque es tarea exclusiva de los funcionarios del régimen, que nunca se equivocan. Tampoco habría que elegir entre diversos diarios, noticieros, radios, revistas, porque habría lo mínimo indispensable, con noticias oficiales únicamente. De esa forma no tendríamos que dudar entre diversas fuentes ni afligirnos por las noticias derrotistas que inventan los enemigos del pueblo.

Los periodistas entrarían en caja, eso sí. Los que se empeñan en ofrecer una visión diferente, desestabilizadora, serán sometidos a juicio sumario, expulsados de sus oficinas o enterrados en las cárceles. Ninguno podrá dar entrevistas a extranjeros, sin el debido permiso. En nuestra despreciable democracia suele ocurrir que aborrecemos a un periodista y no sabemos cómo hacerlo desaparecer. Pues bien, en el nuevo régimen bastará denunciarle algún desliz contra las autoridades y será hombre muerto. Nada más placentero y expeditivo. El canciller Bielsa debería dar una vueltita por las insalubres prisiones cubanas, entrevistar a los 74 disidentes condenados a veinte o más años de prisión y después tendrá más elementos para afirmar que allí reina la justicia (lástima que muy parecida a la última dictadura militar que nos produjo cerca de 30.000 desparecidos.¡Qué le vamos a hacer! la incoherencia, la incoherencia...).

También cosecharíamos los beneficios de que nadie pueda salir del país. Los enemigos del pueblo dirán que nos hemos convertido en una gran cárcel. ¡Calumnias! El paraíso no es una cárcel: quienes fugan lo hacen por traidores. Esto resolvería por arte de magia la perversidad de querer hacer másters en otros lados o ir a buscar mejor fortuna en el exterior. Se acabarán las colas en los consulados (a menos que quieran ir a Cuba, cosa que no desea, curiosamente, la multitud que se congregó frente a la Facultad de Derecho; extraño, ¿no?). Ningún argentino pisará el aeropuerto internacional de Ezeiza sin permiso del gobierno. Ahorraremos divisas. El único gasto serían las balas contra los que intenten huir cobardemente. Usaremos los fusilamientos preventivos al estilo de Castro, así como Bush hace las guerras preventivas.

Otra gran beneficio vendrá del turismo. Los mejores lugares se reacondicionarán para el disfrute de los extranjeros solamente. Llegarán alemanes, españoles, suizos, noruegos, australianos, irlandeses a nuestras playas y montañas, donde nosotros seremos los empleados, mucamas y botones, pero jamás los huéspedes, así el dinero que dejan las visitas engordará al Estado benefactor. Nos alegrará verlos desembarcar en oleadas y elogiar nuestros hermosos paisajes, así como nuestra esmerada atención (el que atente contra un turista preferirá no haber nacido). Por supuesto que la prostitución será tolerada, en especial donde haya afluencia de turistas, porque constituye un anzuelo importante, una gran fuente de trabajo y un canal de ingreso de dólares y euros. Eso sí, las muchachas serán prolijamente investigadas para que no se queden con el vuelto.

En cuanto a la educación, uniformaremos para abajo, siempre para abajo. La educación será uno de nuestros principales logros... en la publicidad. Todo el mundo deberá aprender a leer para enterarse de las buenas obras que hace nuestro gobierno y leer los textos que responden a la ideología fidelista. No nos importará la educación superior, ni estimular el pensamiento crítico (¡esto jamás!), para no alimentar a los subversivos del régimen. Tampoco habrá computadoras para todo el mundo, sino para los funcionarios, así la gente no pierde su tiempo frente a la pantalla. Será prohibida Internet, porque es el pórtico diabólico del mundo capitalista; en su lugar, como ahora en Cuba, habrá "Intranet".

En materia de salud haremos propaganda también. Bastará con una Facultad Latinoamericana de Medicina donde enseñaremos a colegas del Tercer Mundo. No estaremos a la altura de los grandes centros de salud ni podremos comprar los instrumentos de alta sofisticación. Pero nos dedicaremos a lo básico. Y pondremos lo mejor en algunos establecimientos solamente, para mostrar nuestros méritos a los visitantes incrédulos. Claro que los médicos deberán conformarse con un sueldo de 5 a 20 dólares como máximo.

Formaremos las Brigadas de Respuesta Rápida, como las que inventó Fidel, para ahogar de inmediato cualquier protesta. Por ejemplo, en menos de 24 horas se liquidarían a miles de piqueteros y demás organizaciones que andan bloqueando calles y gritando por sus cuestionables derechos. Sin juicio, por supuesto, para no gastar tiempo, ni dinero, ni angustiar a la gente. Puede que esto disminuya el aflujo de simpatizantes a los discursos del líder, pero otros vendrán por miedo. No será un problema porque el garrote convence rápido.

Claro que también nos arreglaremos para que un país vecino importante nos imponga un bloqueo económico, así tendremos siempre a mano esa excusa por todas nuestras fallas. Y cuando se dispongan a levantarlo haremos alguna travesura - nuevos fusilamientos, nuevos arrestos de periodistas- para que no nos priven de esa excusa prodigiosa. Sabemos que el bloqueo no nos impide negociar con el resto del mundo, de manera que será una buena arma ideológica para los estúpidos. En el fondo no molesta.

Y, por supuesto, que nos pasaremos la vida escuchando largos discursos, como el que Castro pronunció en la escalinata de la Facultad, para convencernos de que vivimos en la gloria, que nos sobra el bienestar, que aumentamos nuestra auto estima, que hemos alcanzado las maravillas que escamoteaba la vil democracia liberal.



Este texto fue enviado por el autor a todos los medios de comunicación checos.

| VOLVER |