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(Argentina)
La clamorosa recepción que se brindó a Fidel Castro durante su visita a la
Argentina merece un análisis entusiasta. En el Congreso recibió la ovación
más intensa por los mismos lúcidos legisladores que tiempo atrás aplaudieron
el default, fue honrado por el Gobierno de la Ciudad (cuyo titular estaba en
campaña reeleccionista), fue invitado a dar una conferencia en la Facultad
de Derecho, fue seguido afanosamente por la prensa, fue recibido por el
flamante Presidente en la audiencia más larga y fue celebrado por una
concentración popular que bloqueó todo el centro de Buenos Aires. No cabe
duda de que una significativa franja de la sociedad lo ama y admira.
Esto coincide con lo que hace poco decidió el gobierno de Duhalde y ahora el
de Kirshner: abstenerse en las Naciones Unidas respecto a la necesidad de
investigar la violación de los derechos humanos en la isla. Recordemos que
no se trataba de condenar al gobierno de Castro, sino sólo investigar qué
sucede allí. Luego de infinitas denuncias que llegaron al colmo con el
fusilamiento de tres personas jóvenes tras su intento de huir del país, y el
encarcelamiento de decenas de disidentes, entre ellos un cuarto centenar de
periodistas, era obvio que correspondía hacer una averiguación, por lo
menos.
Al gobierno argentino no le pareció necesaria y olvidó que hace apenas
veinte años nuestra sociedad clamaba por lo mismo. En esa época
necesitábamos que viniesen comisiones investigadoras, como ahora las piden
los cubanos perseguidos y amordazados. Rogábamos que llegasen en tropel: de
la OEA, de las Naciones Unidas, de países europeos, de los Estados Unidos.
Pero los argentinos somos incoherentes e inestables, ¡qué le vamos a hacer!
Pese a la dictaduras padecidas, amamos a un dictador. Somos así.
Claro, es un dictador que se dice socialista, cuyas picanas hacen cosquillas
y cuyos fusilamientos mejoran la calidad de vida. Nada de lo horrible que él
haga importa. Las denuncias sobre violaciones de los derechos humanos en
Cuba son un invento de la CIA. Castro es un ídolo, una leyenda, el emblema
del heroísmo y la noble lucha contra el imperialismo. Todo lo que hace está
bien. Y si algo no gusta, no es su responsabilidad.
Pregunto: si tanto se lo admira, ¿por qué no seguir su modelo? Se supone que
debe ser maravilloso. ¿Para qué imitar a Nueva Zelanda, Bélgica, Suecia,
España, Canadá - países complicados, modernos -, si el modelo de Castro es más
simple, movilizador y atractivo?
La Facultad de Derecho - según voceros entusiastas - se convirtió en la Plaza
de la Revolución. Castro pronunció uno de sus discursos más breves, de
apenas dos horas y media. Sabía que los argentinos aún no estamos entrenados
para escucharlo durante ocho o más horas, como se hace en La Habana. Pero
consiguió hacer delirar a las masas con sus anécdotas y proclamas
seductoras. Es un buen remedio contra la tristeza y el desencanto.
El modelo de Fidel nos daría otras ventajas, supongo.
Por ejemplo, no habría debates estériles sobre las acciones del gobierno.
Las críticas deberán desaparecer y, con eso, todos empujaríamos en la misma
dirección. No habría que gastar neuronas ni saliva sobre los problemas de la
sociedad, porque es tarea exclusiva de los funcionarios del régimen, que
nunca se equivocan. Tampoco habría que elegir entre diversos diarios,
noticieros, radios, revistas, porque habría lo mínimo indispensable, con
noticias oficiales únicamente. De esa forma no tendríamos que dudar entre
diversas fuentes ni afligirnos por las noticias derrotistas que inventan los
enemigos del pueblo.
Los periodistas entrarían en caja, eso sí. Los que se empeñan en ofrecer una
visión diferente, desestabilizadora, serán sometidos a juicio sumario,
expulsados de sus oficinas o enterrados en las cárceles. Ninguno podrá dar
entrevistas a extranjeros, sin el debido permiso. En nuestra despreciable
democracia suele ocurrir que aborrecemos a un periodista y no sabemos cómo
hacerlo desaparecer. Pues bien, en el nuevo régimen bastará denunciarle
algún desliz contra las autoridades y será hombre muerto. Nada más
placentero y expeditivo. El canciller Bielsa debería dar una vueltita por
las insalubres prisiones cubanas, entrevistar a los 74 disidentes condenados
a veinte o más años de prisión y después tendrá más elementos para afirmar
que allí reina la justicia (lástima que muy parecida a la última dictadura
militar que nos produjo cerca de 30.000 desparecidos.¡Qué le vamos a hacer!
la incoherencia, la incoherencia...).
También cosecharíamos los beneficios de que nadie pueda salir del país. Los
enemigos del pueblo dirán que nos hemos convertido en una gran cárcel.
¡Calumnias! El paraíso no es una cárcel: quienes fugan lo hacen por
traidores. Esto resolvería por arte de magia la perversidad de querer hacer
másters en otros lados o ir a buscar mejor fortuna en el exterior. Se
acabarán las colas en los consulados (a menos que quieran ir a Cuba, cosa
que no desea, curiosamente, la multitud que se congregó frente a la Facultad
de Derecho; extraño, ¿no?). Ningún argentino pisará el aeropuerto
internacional de Ezeiza sin permiso del gobierno. Ahorraremos divisas. El
único gasto serían las balas contra los que intenten huir cobardemente.
Usaremos los fusilamientos preventivos al estilo de Castro, así como
Bush hace las guerras preventivas.
Otra gran beneficio vendrá del turismo. Los mejores lugares se
reacondicionarán para el disfrute de los extranjeros solamente. Llegarán
alemanes, españoles, suizos, noruegos, australianos, irlandeses a nuestras
playas y montañas, donde nosotros seremos los empleados, mucamas y botones,
pero jamás los huéspedes, así el dinero que dejan las visitas engordará al
Estado benefactor. Nos alegrará verlos desembarcar en oleadas y elogiar
nuestros hermosos paisajes, así como nuestra esmerada atención (el que
atente contra un turista preferirá no haber nacido). Por supuesto que la
prostitución será tolerada, en especial donde haya afluencia de turistas,
porque constituye un anzuelo importante, una gran fuente de trabajo y un
canal de ingreso de dólares y euros. Eso sí, las muchachas serán
prolijamente investigadas para que no se queden con el vuelto.
En cuanto a la educación, uniformaremos para abajo, siempre para abajo. La
educación será uno de nuestros principales logros... en la publicidad. Todo
el mundo deberá aprender a leer para enterarse de las buenas obras que hace
nuestro gobierno y leer los textos que responden a la ideología fidelista.
No nos importará la educación superior, ni estimular el pensamiento crítico
(¡esto jamás!), para no alimentar a los subversivos del régimen. Tampoco
habrá computadoras para todo el mundo, sino para los funcionarios, así la
gente no pierde su tiempo frente a la pantalla. Será prohibida Internet,
porque es el pórtico diabólico del mundo capitalista; en su lugar, como
ahora en Cuba, habrá "Intranet".
En materia de salud haremos propaganda también. Bastará con una Facultad
Latinoamericana de Medicina donde enseñaremos a colegas del Tercer Mundo. No
estaremos a la altura de los grandes centros de salud ni podremos comprar
los instrumentos de alta sofisticación. Pero nos dedicaremos a lo básico. Y
pondremos lo mejor en algunos establecimientos solamente, para mostrar
nuestros méritos a los visitantes incrédulos. Claro que los médicos deberán
conformarse con un sueldo de 5 a 20 dólares como máximo.
Formaremos las Brigadas de Respuesta Rápida, como las que inventó Fidel,
para ahogar de inmediato cualquier protesta. Por ejemplo, en menos de 24
horas se liquidarían a miles de piqueteros y demás organizaciones que andan
bloqueando calles y gritando por sus cuestionables derechos. Sin juicio, por
supuesto, para no gastar tiempo, ni dinero, ni angustiar a la gente. Puede
que esto disminuya el aflujo de simpatizantes a los discursos del líder,
pero otros vendrán por miedo. No será un problema porque el garrote convence
rápido.
Claro que también nos arreglaremos para que un país vecino importante nos
imponga un bloqueo económico, así tendremos siempre a mano esa excusa por
todas nuestras fallas. Y cuando se dispongan a levantarlo haremos alguna
travesura - nuevos fusilamientos, nuevos arrestos de periodistas- para que no
nos priven de esa excusa prodigiosa. Sabemos que el bloqueo no nos impide
negociar con el resto del mundo, de manera que será una buena arma
ideológica para los estúpidos. En el fondo no molesta.
Y, por supuesto, que nos pasaremos la vida escuchando largos discursos, como
el que Castro pronunció en la escalinata de la Facultad, para convencernos
de que vivimos en la gloria, que nos sobra el bienestar, que aumentamos
nuestra auto estima, que hemos alcanzado las maravillas que escamoteaba la
vil democracia liberal.
Este texto fue enviado por el autor a todos los medios de comunicación checos.
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