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Por Carlos Alberto Montaner
Primero el obligado parte médico. Hace 45 años Castro llegó al poder
vestido de guerrillero y se dio de alta como dictador vitalicio. De
aquellos tiempos remotos -Eisenhower, De Gaulle, Kruschev- ya no le queda
ningún colega vivo. Incluso él mismo, hasta donde sabemos, es casi un
compendio de miserias geriátricas, minuciosamente catalogadas por los
castropatólogos, siempre a la espera del "desenlace biológico":
parkinson, divertículos, obstrucción parcial de las coronarias, sinovitis
crónica -ese bloqueo en la rodilla izquierda que duele más que el otro-, y
la pérdida alarmante de masa ósea, injuria que, junto a varias isquemias
cerebrales, lo han ido convirtiendo en un viejo semiloquito y flaco, de
habla lenta y estropajosa, enredada en una jerga estalinista que desespera
a sus interlocutores y provoca la burla de los cubanos, quienes lo llaman
el "Coma-Andante".
Y ahora el parte político. ¿Ha sucedido algo trascendente en el último año
que merezca la pena reseñarse? Por supuesto. Hay cuatro datos nuevos que
apuntan a un debilitamiento sustancial de la dictadura en su etapa final:
la ruptura prácticamente total con la izquierda democrática, el
enfrentamiento con Europa, el aumento exponencial de la corrupción dentro
del régimen y la adopción por la clase dirigente norteamericana,
republicanos y demócratas, de una posición común con relación al destino
final del comunismo cubano. Veamos.
En marzo de 2003 los tribunales revolucionarios fusilaron a tres
muchachos negros por robarse un bote y cayeron como una tromba sobre casi
un centenar de opositores pacíficos, condenándolos en juicios relámpago a
penas de hasta 28 años de cárcel. El más notable era Raúl Rivero, el
primer poeta de Cuba, pero las biografías de los 75 demócratas internados
en las prisiones eran todas parecidas: periodistas, escritores,
bibliotecarios, economistas, activistas de derechos humanos, personas que
habían recogido firmas para pedir un referéndum y dirigentes de partidos
políticos prohibidos en la Isla, pero presentes en el resto del planeta:
socialistas, liberales y democristianos.
Ese fue el momento en el que José Saramago y otros cien intelectuales de
la izquierda dieron un paso al frente y repitieron a coro la frase del
escritor portugués: "hasta aquí hemos llegado". Ruptura
tremendamente importante, en la medida en que dejaba a Castro sin otro
apoyo internacional que el de la fauna estalinista más desacreditada. En
España, por ejemplo, el gobierno cubano sólo recibió el respaldo franco
del entorno de la banda terrorista ETA. En el resto de Occidente sucedió
lo mismo. El Comandante se quedó solo, rodeado de desacreditados matones
políticos, algo que para su propia nomenclatura resultó un mazazo
desmoralizante. Los "dirigentes" hasta ese momento se sentían
los respetados protagonistas de una hazaña histórica. Ya saben que se les
percibe como una indefendible colección de verdugos y represores.
Tras los crímenes de marzo, Europa recrudeció sus críticas contra la
dictadura. Ratificó la "posición común" de no concederle ningún
trato preferente al gobierno cubano mientras no dé pasos hacia el cambio y
la democracia, y les abrió las puertas de las embajadas en La Habana a los
disidentes. Por fin había ocurrido un cambio trascendental: ya se entendía
con toda claridad que "el problema cubano" no era un conflicto
entre Estados Unidos y Cuba, sino entre los demócratas del mundo entero y
la última dictadura de factura soviética que quedaba en Occidente. Algo
que cobró un vigor extraordinario cuando Vaclav Havel, en otoño, asistido
por la organización checa People in Need, anunció la creación de un Comité
Internacional para la Democratización de Cuba en el que figuraban
personalidades de la talla de Adam Michnik, Lech Walesa y Mario Vargas
Llosa.
A fines de año se destapó la olla y olía a podrido: en
"Cubanacán", una empresa turística del gobierno que controla el
42% del negocio, se habían "perdido" millones de dólares. Pero
lo mismo sucedía en "Gaviota" - otra empresa turística a cargo de los
militares-, y en prácticamente todo lo que allá llaman "el área
dólar". ¿Por qué? Porque los gerentes y ejecutivos de todos esos
consorcios, convencidos de que viven la etapa final de la dictadura,
roban, aceptan comisiones y sacan el dinero discretamente al extranjero
para cuando lleguen días menos felices. Eso se llama "espíritu de fin
de régimen".
Pero tal vez lo más trascendente que ha ocurrido en el 2003 con relación a
Cuba no es un hecho concreto sino una formulación teórica. A mediados de
año comenzó a circular en Washington entre demócratas y republicanos un
persuasivo memorando de apenas dos páginas en el que se proponía una
política conjunta para la Cuba futura: Estados Unidos no podía aceptar que
el post castrismo, una vez desaparecido el Comandante, se convirtiera en
una dictadura amistosa con Washington, controlada por una mafia
militar-comunista. Las buenas relaciones con Cuba sólo podían
reestablecerse cuando hubiera en la Isla una democracia real sustentada
por un modelo económico razonable.
La noticia cayó en la cúpula dirigente cubana como una patada en la
canilla de un moribundo. Los militares, con Raúl a la cabeza, tras la
muerte de Fidel pensaban "venderle" a Washington el panorama de
una isla tranquila, sin emigrantes ilegales ni tráfico de drogas, a cambio
de que se reanudaran los vínculos económicos y diplomáticos y se aceptara
el carácter permanente de la dictadura. Los norteamericanos no
"compran" esa mercancía. Saben que esa es la fórmula de una
catástrofe futura. Los europeos tampoco lo harán. Esto hunde el proyecto
totalitario post castrista. El régimen comenzará a morir en el velorio del
Caudillo que lo parió.
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