Emisión de la Radiodifusión Checa para el Exterior 
18-11-2019, 08:59 UTC
Cuba, el país donde la prensa independiente y la oposición están en la cárcel
 
Castro, 45 años después

Por Carlos Alberto Montaner

Primero el obligado parte médico. Hace 45 años Castro llegó al poder vestido de guerrillero y se dio de alta como dictador vitalicio. De aquellos tiempos remotos -Eisenhower, De Gaulle, Kruschev- ya no le queda ningún colega vivo. Incluso él mismo, hasta donde sabemos, es casi un compendio de miserias geriátricas, minuciosamente catalogadas por los castropatólogos, siempre a la espera del "desenlace biológico": parkinson, divertículos, obstrucción parcial de las coronarias, sinovitis crónica -ese bloqueo en la rodilla izquierda que duele más que el otro-, y la pérdida alarmante de masa ósea, injuria que, junto a varias isquemias cerebrales, lo han ido convirtiendo en un viejo semiloquito y flaco, de habla lenta y estropajosa, enredada en una jerga estalinista que desespera a sus interlocutores y provoca la burla de los cubanos, quienes lo llaman el "Coma-Andante".

Y ahora el parte político. ¿Ha sucedido algo trascendente en el último año que merezca la pena reseñarse? Por supuesto. Hay cuatro datos nuevos que apuntan a un debilitamiento sustancial de la dictadura en su etapa final: la ruptura prácticamente total con la izquierda democrática, el enfrentamiento con Europa, el aumento exponencial de la corrupción dentro del régimen y la adopción por la clase dirigente norteamericana, republicanos y demócratas, de una posición común con relación al destino final del comunismo cubano. Veamos.

En marzo de 2003 los tribunales revolucionarios fusilaron a tres muchachos negros por robarse un bote y cayeron como una tromba sobre casi un centenar de opositores pacíficos, condenándolos en juicios relámpago a penas de hasta 28 años de cárcel. El más notable era Raúl Rivero, el primer poeta de Cuba, pero las biografías de los 75 demócratas internados en las prisiones eran todas parecidas: periodistas, escritores, bibliotecarios, economistas, activistas de derechos humanos, personas que habían recogido firmas para pedir un referéndum y dirigentes de partidos políticos prohibidos en la Isla, pero presentes en el resto del planeta: socialistas, liberales y democristianos.

Ese fue el momento en el que José Saramago y otros cien intelectuales de la izquierda dieron un paso al frente y repitieron a coro la frase del escritor portugués: "hasta aquí hemos llegado". Ruptura tremendamente importante, en la medida en que dejaba a Castro sin otro apoyo internacional que el de la fauna estalinista más desacreditada. En España, por ejemplo, el gobierno cubano sólo recibió el respaldo franco del entorno de la banda terrorista ETA. En el resto de Occidente sucedió lo mismo. El Comandante se quedó solo, rodeado de desacreditados matones políticos, algo que para su propia nomenclatura resultó un mazazo desmoralizante. Los "dirigentes" hasta ese momento se sentían los respetados protagonistas de una hazaña histórica. Ya saben que se les percibe como una indefendible colección de verdugos y represores.

Tras los crímenes de marzo, Europa recrudeció sus críticas contra la dictadura. Ratificó la "posición común" de no concederle ningún trato preferente al gobierno cubano mientras no dé pasos hacia el cambio y la democracia, y les abrió las puertas de las embajadas en La Habana a los disidentes. Por fin había ocurrido un cambio trascendental: ya se entendía con toda claridad que "el problema cubano" no era un conflicto entre Estados Unidos y Cuba, sino entre los demócratas del mundo entero y la última dictadura de factura soviética que quedaba en Occidente. Algo que cobró un vigor extraordinario cuando Vaclav Havel, en otoño, asistido por la organización checa People in Need, anunció la creación de un Comité Internacional para la Democratización de Cuba en el que figuraban personalidades de la talla de Adam Michnik, Lech Walesa y Mario Vargas Llosa.

A fines de año se destapó la olla y olía a podrido: en "Cubanacán", una empresa turística del gobierno que controla el 42% del negocio, se habían "perdido" millones de dólares. Pero lo mismo sucedía en "Gaviota" - otra empresa turística a cargo de los militares-, y en prácticamente todo lo que allá llaman "el área dólar". ¿Por qué? Porque los gerentes y ejecutivos de todos esos consorcios, convencidos de que viven la etapa final de la dictadura, roban, aceptan comisiones y sacan el dinero discretamente al extranjero para cuando lleguen días menos felices. Eso se llama "espíritu de fin de régimen".

Pero tal vez lo más trascendente que ha ocurrido en el 2003 con relación a Cuba no es un hecho concreto sino una formulación teórica. A mediados de año comenzó a circular en Washington entre demócratas y republicanos un persuasivo memorando de apenas dos páginas en el que se proponía una política conjunta para la Cuba futura: Estados Unidos no podía aceptar que el post castrismo, una vez desaparecido el Comandante, se convirtiera en una dictadura amistosa con Washington, controlada por una mafia militar-comunista. Las buenas relaciones con Cuba sólo podían reestablecerse cuando hubiera en la Isla una democracia real sustentada por un modelo económico razonable.

La noticia cayó en la cúpula dirigente cubana como una patada en la canilla de un moribundo. Los militares, con Raúl a la cabeza, tras la muerte de Fidel pensaban "venderle" a Washington el panorama de una isla tranquila, sin emigrantes ilegales ni tráfico de drogas, a cambio de que se reanudaran los vínculos económicos y diplomáticos y se aceptara el carácter permanente de la dictadura. Los norteamericanos no "compran" esa mercancía. Saben que esa es la fórmula de una catástrofe futura. Los europeos tampoco lo harán. Esto hunde el proyecto totalitario post castrista. El régimen comenzará a morir en el velorio del Caudillo que lo parió.



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