Emisión de la Radiodifusión Checa para el Exterior 
22-7-2019, 18:34 UTC
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Claire Le Bris – Cep
Es verano y yo tengo 13 años. Mis padres han alquilado una casa en Sologne. Mi hermano acaba de regresar del país donde nació nuestro padre.
Como primer miembro de la familia decidió realizar un sondeo para conocer a nuestros cinco tíos y 15 primos. Incluso pensábamos que los cuatro podríamos viajar juntos allí el próximo año.
Cuando vivió en Checoslovaquia, mi padre era un escritor conocido. No se puede decir que se hubiera comprometido políticamente, pero su obra literaria, que llevaba un sello claro de su religión católica, y las relaciones que mantenía con los intelectuales occidentales, no les gustó nada al entonces régimen comunista.
Para evitar el encarcelamiento, mi padre se vio obligado a huir saltando las alambradas. Su madre murió en Moravia, sin que volviera a verla. Tras 20 años de exilio, surgió una chispa de esperanza: la situación en el país iba mejorando poco a poco. Mi padre apenas pudo creerlo, pero a los demás ya nos hacía ilusión la idea de que regresaríamos a Myslechovice para abrazarnos con sus hermanos.
Aquella mañana me levanté y como de costumbre iba a desayunar con mis padres. Pero algo era diferente. Algo pasó, aunque yo aún no he logrado enterarme de lo que era. Mi mamá apartaba sus ojos enrojecidos por las lágrimas y escondía el pañuelo. Mi padre estaba sentado ensimismado, la cabeza agachada con el deseo de estar solo.
Lo más extraño era que tan temprano estaba la radio puesta. No entendía nada, no quería entender las palabras que brotaban de los altavoces, que llenaban la habitación apoderándose de nuestras vidas. Hablaron de tanques, soldados soviéticos, invasión, describían los tumultos de la gente reunida en las calles de Praga, de las barricadas, de las víctimas.
Poco a poco comprendí que mi padre jamás regresaría a su patria. Fue el 21 de agosto de 1968.